7.06.2011

Qué hijo de puta! Cómo ronca! No hay forma de dormir con este pibe. Encima se duerme apenas acaba, tu pucho está a la mitad y el pibe ya ronca. Y como una morsa.
Codazo.
Tenés cinco minutos para dormirte. Más o menos eso te dura el recreo.
No hay caso, apenas intuís el tunel que te lleva sueño adentro él se gira y el peso muerto de su brazo te aplasta la cadera. Lo mirás bastante harta ya y él suelta un gruñido a la altura de tu nariz.
Te asusta el despertador a las seis... ¡y ya son las dos!
Respirás profundo, te sacás su brazo de encima y haciendo equilibrio para no caerte encima suyo buscás un hueco donde apoyar el pie para saltar al suelo.
No es cómodo dormir de cara a la pared, pero es SU casa y el acceso a la mesa de luz es exclusividad suya.
Adelantás la ducha matutina y le rezás a Morfeo.
¿Dormir cuatro horas tres veces por semana termina siendo negocio?
La balanza sexo-sueño. Eterno dilema.

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