3.18.2011

I

Hace calor aunque no mucho; son los últimos días de noviembre. Estás cada vez más cerca de la combineta musculosa + shortcito que te hace sentir tan bien.

Como siempre, vuelve a parecerte que apenas pasa el día de la madre ya es navidad. La sensación es de avalancha: exámenes, entregas, reuniones, balances... y a la vez, a medida que el calorcito te afloja la ropa te vas dejando llevar.

Siempre es más fácil cuando hace calor. Todo.

El timbre suena antes de que termines de subir la escalera. Las reglas son las usuales, el último en llegar le abre la puerta al siguiente. La piba que bajó a abrirte te mira, se ríe, te estira la llave y sube los últimos dos peldaños de un saltito.

Desandás la bajada casi corriendo. Das las dos vueltas de llave y ahí está él. Te sonríe y se presenta.

Es hermoso, lo sabe y se ocupa de que lo notes. Dice cosas pero no registrás más que el tono de su voz. El pibe habla como con campanas. Dice melodías en lugar de palabras. Algún mecanismo biológico reacciona, te acelera el pulso y tu propio latido te asalta los oídos, aturdiéndote. Alguien te dirá después:


¿nunca te pasó eso de poder ver cachitos de futuro más o menos cercano flotando alrededor de alguien?

Sí, claro que te pasó. Y esos cachitos de futuro te reflejan, te hablan de vos.

CtrlF+su nombre

¿No se llamaba así el pibe que le gustaba a Violeta?

Reflejo condicionado: archivar al chabón que le gusta a tu amiga. Suben la escalera mientras hablan cosas que vas a diluir en la primera cerveza. En dos horas te olvidaste de él.

Sin embargo, su nombre vuelve una noche pegajosa de febrero en que Violeta habla por teléfono como si gritar acortase la distancia con su interlocutor. Ese lunes estás regando las plantas mientras fumás el porro que te saca el verano de encima. De pronto un alarido con su nombre te vibra en los pies. Tenías otro temario para rumiar con la cena de hoy. Anoche dormiste con un pibe que no vas a volver a amar... bah, dormir no dormiste: estuviste toda la noche velando un romance muerto hace tiempo. Y todavía llevás puesto el sudor de ayer.

Entre el porro que lo afloja y la ducha que va a lavarte el polvo de la piel planificaste una ensalada que va a esperar en la heladera hasta que tu anatomía tenga hambre.

En algún momento suena el timbre. Violeta se ocupa de eso. Son sus visitas.

Desde el pasillo, su voz le pregunta cosas que Viole no alcanza a escuchar desde la terraza y que se cuelan por la ventana de la cocina. Sí, sí... ahí vienen de nuevo los cachitos de futuro a darte charla mientras hacés lo humanamente posible por picar cebolla sin rebanarte un dedo.

Le mentís deliberadamente cuando te pregunta si eras la que le abrió la puerta la noche de la fiesta. No sabés por qué, pero necesitás esconderte, agazaparte atrás de la mentira para tomar distancia y mirarlo mejor.

Está jodido. El pibe se para al lado tuyo y monologa sobre andá a saber qué cosa... A tu alrededor todo da vueltas; y adentro también.

Cuando busques reconstruir esa escena apenas vas a recordar las naranjas y el jengibre y va a alcanzarte para evocar el vértigo en la entrepierna, el peso de su mano en tu hombro obligándote a mirarlo. Descubrís con verguenza que no te animás a sostenerle la mirada sin la urgencia del beso quemándote la lengua. Sospechás que podría leer esa urgencia si lo mirás por mucho tiempo. El pibe te desnuda más allá del escote y se vuelve un turista que pasea por tu intimidad, hurgando en los rincones. Te toca y te sacude sin que puedas entender donde termina tu epidermis y donde empieza la suya.Diez minutos después se fue.

Por suerte Violeta tiene varios amigos con el mismo nombre y resulta que su romeo no es este.

Tenés luz verde y la certeza de la calentura mutua.

En julio, cuando haga mucho frío, vas a recordar esa escena como la promesa de que el verano va a volver y que cuando llegue, la combineta musculosa+shortcito puede ser un buen lugar donde estar.

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