5.11.2009

Mi latido. Que no es en el cuerpo y mucho menos en el corazón, aun cuando claro que algo de eso también tiene.


En este latido va y viene el agua en un oleaje a veces sereno y otras desbocado, con inundación y tormentas incluidas.
Si el agua sube, el propio latido se acelera y es difícil distinguir dónde es que había empezado todo… la angustia suele ganar, al menos por unas horas, hasta que baja la marea.
Y cuando todo pasa, flota en el aire con el eco de un silencio; vibrando, exhausto.
Otras veces es un remanso, como una playa donde dormir panza al sol, con el ronroneo del agua que mece la siestita.


Hay veces que elige un nombre y lo repite como mantra; otras prefiere el olor de una piel que recrea en cada desayuno, como quien lee el diario. Y si el perfume se materializa, esa recreación es una fiesta.


Aunque viva dentro de mí, el latido tiene su propia piel que suda casi igual que la mía.
Sin embargo, la piel de mi latido está hecha de otra cosa… no es la continuidad de células que hacen de la epidermis el límite; la piel del latido es sangre en movimiento, es la memoria del cuerpo, de cada orgasmo, del amor que fue mutando y mudando.


Y no es frontera porque no hay territorio. En mi latido no hay adentro ni afuera; en mi pulso, que es mi amor y mi amar, no hay pasado, no hay futuro pero – seguro – que hay latido.
El mismo pulsar de la sangre, al unísono, es el único antídoto contra los relojes. Es el único tiempo real.


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