4.23.2009

Sensación de que en esta ciudad la torpeza de los cuerpos no es más que el baile de los que piden perdón siempre, sin haber hecho nada nunca.
Sensación de que hay alguien que anda oxigenando culpa por ahí, como si la culpa fuese sana y deseable, y como si el acto mismo de oxigenar, sin importar qué, lo librase de sus propias culpas.
Sensación de levantarme, luego de un sueño denso, sólo para ver a ese tipo que es todo fiesta dentro de mí acercarse y pegarse un tiro.
Sensación de que alguien siempre viene de pegarse un tiro, de que uno siempre está al medio de algo, y de que es tan ridículo tener miedo como no tenerlo.

Sensación de que todo lo que uno pueda decir de positivo sonará a slogan o lugar común, pero que a la vez ser positivo es un compromiso moral y un hacer político a los que por nada debemos renunciar.
Sensación de que el escepticismo es lúcido, pero obnubilante, y que la luz de la crítica acaba por incendiar todo lo que ilumina.
Sensación de que en tiempos de sombra la palabra de los cuerpos se aloja en la contorsión, en la mueca, en el rictus o en la cicatriz, pero rara vez donde más quisiéramos: en la cadencia despreocupada del andar, o en ese desliz de cintura que urge desprivatizar.
Sensación de que la sensualidad no es condición suficiente, pero sí es condición necesaria para una revolución cuyo objetivo incondicional sea cambiar las cosas de lugar.

Sensación de que el poder –filoso– de las armas y el –romo– poder del mercado han grabado sus marcas en nuestra piel, nos dibujan señales en el rostro para distinguirnos o mezclarnos a distancia, nos poblaron brazos y piernas con un alfabeto que no entendemos o no compartimos, pero que sigue allí, desenroscado sobre nuestra propia línea de fuego.
Sensación de que somos de agua, y como tales nuestra combinación es fluir y derramarnos, salpicar y ser navegados, mojar y ser bebidos, ahogar y saciar la sed de los demás, transitar entre recipientes al acecho de una residencia que insiste en postergarse.

Sensación de que en la expectativa misma de alcanzar la adultez hay algo que humilla, que en virtud de esa adultez todo mérito recae sobre la abnegación, todo descrédito sobre lo que desborda.
Sensación de que el buen tino, la prudencia, el pudor, la templanza, la discreción, el control, la compostura, fueran la carne misma de un poder que amasa y domestica los cuerpos, y de que los cuerpos acaban pidiendo a gritos ese poder y ningún otro.
Sensación de que para vivir se trata de mantener la casa presentable y la distancia inflexible, se espera que uno preste menos importancia a la revolución que al agua goteando en la cocina.

Sensación de que a la larga el nihilismo va perdiendo su exotismo, de que en el medio de la confusión aparecen los pragmáticos, anotan prolijamente sus conclusiones, invitan con aparente ecuanimidad a darlo todo por el mal menor y a eliminar, en nombre de este mal menor, cualquier bien que lo amenace.
Sensación de que cada vez que alguien invoca ese mal menor, con esa invocación se sacrifica lo interesante en aras de lo correcto, se identifica lo correcto con lo que hay.
Sensación de que la vida se está poniendo sospechosamente aburrida y, lo que es aún peor, el aburrimiento es bien visto.

Sensación de que la pasión y la ciudad no se cruzan en ninguna parte, y de que esto es aceptado como una ley de la naturaleza.
Sensación de que sólo la constancia y el equilibrio aseguran la redención, pero nadie sabe de qué ha que redimirse, y a nadie le importa en qué puede uno ser constante o entre qué debiera guardarse el equilibrio.
Sensación de total desproporción entre responsabilidades que no terminan nunca y libertades que nunca comienzan, y que esta desproporción ha sido minuciosamente pensada, diseñada y hasta gozada por quienes tienen el poder de revolcarse en el poder.
Sensación de que ya no sabes si leer estas líneas de soslayo o tomártelas en serio, precisamente porque la cosa se pone seria cuando uno se acostumbra a mirar de soslayo.

Sensación de que es falso el divorcio entre forma y contenido y entre doctrinas y procedimientos; que las formas provocan contenidos, que los procedimientos encarnan y producen doctrinas, que la sustancia está en los matices y la verdad se juega en los detalles.
Sensación de que lo más radical yace en la manera en que me miras, la premura con que te desplazas, la convicción de tu abrazo, el silencio que fabricas para tu amor o tu desamor, el rigor con que ordenas o desordenas tu tiempo.
Sensación de que tanto insistir en la sensación, tanto rebotar en lo epidérmico, puede parecer trivial, culinario, pretencioso, vacuo o exactamente al revés: preciso, inusual, franco, penetrante, pleno.

Sensación de que tú, lector, padeces todas estas sensaciones, y que también, como yo, te ves atrapado en este tejido de inacabables mares. Porque también eres de agua, y de estas palabras retienes una humedad inconsistente pero real, terca pero clara, cruda pero amable.


Martín Hopenhayn - Así de frágil es la cosa

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