Deberíamos intentar desdramatizarnos frente al amor, borrar los escenarios, asesinar al director y desterrar a los guionistas.
Podemos empezar por desmartirizarlo; que duela lo justo... Pero con cuidado, que no duela de antemano. Los hipocondríacos del afecto suelen no saber jugar a estas cosas. Lo primero, y antes que nada, es dejar de pensar.
Me imagino un amor sin autoflagelaciones, sin sacrificios rituales ni persecutas culpógenas; más bien lleno de sangre, sudor y semen.
Desdibujémoslo y pintemos por fuera de las líneas con todos los colores que existan.
Desenrosquemos el amor; como el hilo de un barrilete que el viento empuja de vuelta hacia la tierra. Con paciencia y, en lo posible, sin tijeras.
Después podemos armar una guirnalda, hilvanar un collar, tejer una bufanda o peinarnos una trenza con ese amor sin corazoncitos, sin brillantinas, ni mariposas; con la piel, las caricias, los olores y los gritos que siembra y arranca el amor en cada ida o vuelta.
Vestirnos de él o ponerlo de peluca; jugar, bailar con el amor aunque no suene la música y por más que la coreografía parezca una riña de gallos… o, tal vez, justamente por eso. Hasta que, cansados del baile, no queden gallos, ni plumas.
Cuando hayamos hecho todo eso tirémoslo por el aire y veamos al amor lloverse encima nuestro; desamparados bajo esa lluvia, nos sacudimos los miedos y nos vamos a dormir enamorados…
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